miércoles, 9 de febrero de 2011

.3.

Cuando entro en mi casa mi madre está en la cocina reclamando mi bolsa de agua para llenarla de rebosante H2O ardiendo. Últimamente el frio se apodera de mi, me trae, me lleva y me deja consigo. Soy un manto de nive que tirita, un témpano de hielo de corazón cálido. Me pregunta qué voy a cenar, pero yo no me molesto en mirarla para decirle que ya se me ocurrirá algo.
El monstruo habla y dice:
En verdad no sé como puedes seguir así, me delimitas me cortas. Deja que sea tú completamente, y que te hierva las entrañas y te susurre palabras de amor al oido que te hagan odiarte. Dejame que te haga ver la realidad de lo que el espejo te oculta, que encienda esa bombillita fundida en tu cabeza. Yo soy un alógeno, yo te daré luz brillante, pero fría. Te daré claridad que al principio constará de encender y te molestara mi parpadeo incesante pero una vez iluminado soy luz de sol que al estallar se hará nebulosa.
Y yo muy convencida le respondo:
Admito que te necesito pero en este juego estamos los dos. Tú estás porque yo te quiero pero no te harás con el control de la pequeña parte de mi ser que oculto porque es mia y de nadie más.
En verdad, podré deshacerme de ti con facilidad.
Y él, rápido, cortante e hiriente, como suele ser se burla y matiza:
Si te pudieras haber desecho de mi yo no estaria aquí hablando. Es más no te puedes deshacer de algo que eres tú, lo siento no funciona así. No soy un engendro nuevo creado por tu desesperación. Soy la parte podrida de tu ser, tu Midas antagónico. Y te diré una verdad, existo porque me necesitas ¿O es que no ves que eres una porqueria? Ya de pequeña ni tus padres querían invertir tiempo en tí. Mírate la cerdita Peggy es una 90-60-90 comparada contigo

Eran conversaciones que se repetían continuamente en mi mente agotada y llegaron a simplificarse con un : Gorda!
Y un grito ahogado respondía: Tengo hambre.
Las oscuras lagrimas de mis venas salian brillantes para calentar un brazo frio y se mezclaban con gotas saladas que pese a cerrar heridas superficiales interiormente abrian nuevas brechas. Pero hacían que el hambre se disipara o se disfrazara de dolor y culpabilidad
¿Por qué dependía tanto de la comida si antes carecía de importancia? ¿Por qué sólo pensaba en ella?
Y poco a poco me fui conviritiendo en una estrella borrada, sin esperanzas ni sueños platónicos. Reduciéndome a un número carente de sentido que me hacía más llorar que reir, que perseguía mis extremos y que gritaba para que le escuchara. Y como en todo, sólo le oía yo, pero mis gritos no los escuchaba nadie.

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