Ya subiendo las escaleras me embarga esa sensación de querer huir. Podría pasarme horas y horas en la calle teniendo frío antes que estar en lo que todos llamarían hogar. A veces es una estancia con un remanso de tranquilidad y alegria, otras, el infierno de Dante lo envidiaria.
Yo siempre he estado sola, desde pequeña mis padres tuvieron que trabajar largas y largas jornadas para que yo pudiera comer.Parece irónico que ahora rechace lo que ellos sudaron por conseguir. Quizás es una de las razones por las que rechazo la comida, me alejó de mis padres, estuve sola.
Cuando yo tenía tres años mi madre decidió que quería verme crecer, dejó el trabajo en la fábrica por el trabajo en casa, en el cual le traían montañas de bolsas con prototipos de zapatos que ella debia amoldar. Pero aquello no mejoraba nada, en cierto modo ella estaba cerca mio y por lo tanto dolía más que me ignorara. No es su culpa, la culpa es de los jefes que le pagaban tan poco y la obligaban a estar a veces más de 12 horas sentada en una máquina cosiendo para poder llegar a fín de mes.
Recuerdo nítidamente como, cuando a los cuatro años me enseñaron a leer en el colegio, muy torpemente pero llena de ilusión fui a leerle Pocahontas, ella se limitó a escuchar las primeras frases que se hacían interminables ya que yo era poco docta en la materia y a mandarme a callar cuando creyó que ya no hería mi ego. Pero no me dejó que le repitiera la lectura a la hora de dormir en la cama, ni cuando se sentó en el sofá, ni mientras hacia la cena.Nunca más me dejó leerle porque consideraba que la mareaba.
Por lo tanto aprendí a callar lo importante y mostrarme como una simple niña más. En mi mente se dibuja el momento exacto en el que realmente me empezó a gustar estar sola. Bien, mi madre no me hacia caso, mi hermano no quería ocuparse de una cría y mi padre era camionero y no nos visitaba a menudo. Pero no hay mal que por bien no venga, podía ver en la tele el canal que yo quisiera, y jugar en el salón junto a la calefacción, podía saltar en el sofá (aunque luego lo ordenara todo). Dentro de mi soledad yo era libre, y me gustaba tanto sentirse así que me fui encerrando más y más en mi mundo de fantasía construyendo muros altos para que nadie entrara.
Observaba con gran satisfacción como los otros echaban de menos a sus padres, a mi no me importaba que no estuvieran, no tenía ningún sentimiento hacia personas que no conocía.
Llegó un momento en el que realmente detestaba que me hablaran o que me preguntaran por mis cosas, ellos notaban que yo me había escapado a mis fantasías por el mero hecho de que ni les daba las buenas noches ni los buenos días.
Me limitaba a sonreirles de vez en cuando, y si venia mi padre sólo sentía vergüenza y agachaba la cabeza porque era un extraño en mi rutina.
En cierto modo no me dí cuenta de que había desarrollado una gran madurez cuando a los ocho años era totalmente independiente de mis padres y no necesitaba que me dieran mimos ni atención.
Desarrollé una doble extraña personalidad desde muy pequeña, si mostraba tristeza o el más minimo ápice de estar desatendida mi libertad se daba de bruces contra los barrotes de una cárcel creada por los brazos de mi madre. No quería ese cariño, no lo necesitaba. Por lo tanto guardaba mi resentimiento y tristeza bajo un manto de risas y ojos brillantes. Así todos éramos felices, pensaba, ellos no tienen que malgastar su tiempo y yo puedo saltar cuanto quiera en el sofá.
Pero nunca llegué a adivinar que el deseo de soledad, de apatía familiar y el conformismo harían mella en mi ser años posteriores. Es contradictorio como el no decir nada crea largas y extensas conversaciones con mi mente, monólgos exagerados y contradictorios, enfrentándose la parte que anhela soledad y la que desea que la deseen.
Es exagerado como estando callada tu mente puede gritar tanto y nadie jamás llegue a escucharlo, y jamás nadie quiera escucharlo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario