domingo, 18 de marzo de 2012

.5.

Mientras yo me como la cabeza, mi estómago se devora así mismo. Decido despertar de mi repentino adormecimiento y ponerme a hacer algo útil, algo como estiramientos, sentadillas, saltos...Cualquier cosa que mantenga al monstruo callado por un rato, aunque soy consciente de que cuando pare de hacer mi gimnasia volverá reprochándome que ya no tengo aguante.
El amor de madre se disfraza de comida, y viene a mi habitación como un bocadillo, grande y sabroso. Y en ese momento yo lo rechazo;
no quiero tus cariños.
Pero obviamente sonrío y doy las gracias y le pego un bocado al bocata, es sólo para tenerla contenta. Y cuando sale de la habitación, cuando escapa de mi mundo, cuando mis muros se vuelven a cerrar, yo escupo ese bocado de cielo que tomé y camino con prisas hacia mi infierno.
Es entonces cuando escondo ese bocadillo, que veo como un monstruo sonriente que se burla de mi, y luego a medianoche, casi automáticamente, lo saco de su cueva y se lo doy a mi perro.
Hubo una época en la que me sentía mal por darle la comida al perro, o por tirarla, sentía que desperdiciaba el dinero. Desde que me mentalicé que los alimentos eran como veneno y que las calorías lentamente me consumirían, llegué a tal punto en el que me daba miedo comer y al mismo tiempo me atracaba y vomitaba. Y esa era mi vida.
Tenía miedo a todas horas, miedo a comer, a caer en el atracón, a vomitar, a que me oyeran, tenía miedo de oirme y de escuchar las voces de mi interior, temía que lo que me fueran a decir me destrozara por completo. Tenía pesadillas todas las noches, me atacaban sudores y calambres y a cada momento parecia que tenia un cuervo que me cogia por lo hombros. Pasaba largas noches sentada en mi escritorio observando la luz, pensando, leyendo o hablando conmigo misma.
Llegaba a no tener nada claro y a consumirme en cansancio, quería no, deseaba estar exhausta para dejar de pensar, para que se parara la maquinaria, para no soñar.
Rehusé de mis sueños y esperanzas, y me quedaba muda mientras mi mente me hablaba, me estaba convirtiendo en alguien ciego y mudo por placer, sin querer ver la realidad ni hablar de ella. Y la ceguera y el mutismo desarrollaban mi oído y mi olfato, y me percataba de que escuchaba más a la voz de mi cabeza que el mundo real no podía ni imaginar, y a oler que estaba llegando a convertirme en un ser putrefacto, muriendo lenta y agónicamente sin esperanza ni deseo de parar mi autodestrucción.

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