El amor de madre se disfraza de comida, y viene a mi habitación como un bocadillo, grande y sabroso. Y en ese momento yo lo rechazo; no quiero tus cariños.
Pero obviamente sonrío y doy las gracias y le pego un bocado al bocata, es sólo para tenerla contenta. Y cuando sale de la habitación, cuando escapa de mi mundo, cuando mis muros se vuelven a cerrar, yo escupo ese bocado de cielo que tomé y camino con prisas hacia mi infierno.
Es entonces cuando escondo ese bocadillo, que veo como un monstruo sonriente que se burla de mi, y luego a medianoche, casi automáticamente, lo saco de su cueva y se lo doy a mi perro.
Hubo una época en la que me sentía mal por darle la comida al perro, o por tirarla, sentía que desperdiciaba el dinero. Desde que me mentalicé que los alimentos eran como veneno y que las calorías lentamente me consumirían, llegué a tal punto en el que me daba miedo comer y al mismo tiempo me atracaba y vomitaba. Y esa era mi vida.
Tenía miedo a todas horas, miedo a comer, a caer en el atracón, a vomitar, a que me oyeran, tenía miedo de oirme y de escuchar las voces de mi interior, temía que lo que me fueran a decir me destrozara por completo. Tenía pesadillas todas las noches, me atacaban sudores y calambres y a cada momento parecia que tenia un cuervo que me cogia por lo hombros. Pasaba largas noches sentada en mi escritorio observando la luz, pensando, leyendo o hablando conmigo misma.
Llegaba a no tener nada claro y a consumirme en cansancio, quería no, deseaba estar exhausta para dejar de pensar, para que se parara la maquinaria, para no soñar.
Llegaba a no tener nada claro y a consumirme en cansancio, quería no, deseaba estar exhausta para dejar de pensar, para que se parara la maquinaria, para no soñar.
Rehusé de mis sueños y esperanzas, y me quedaba muda mientras mi mente me hablaba, me estaba convirtiendo en alguien ciego y mudo por placer, sin querer ver la realidad ni hablar de ella. Y la ceguera y el mutismo desarrollaban mi oído y mi olfato, y me percataba de que escuchaba más a la voz de mi cabeza que el mundo real no podía ni imaginar, y a oler que estaba llegando a convertirme en un ser putrefacto, muriendo lenta y agónicamente sin esperanza ni deseo de parar mi autodestrucción.